miércoles, 11 de julio de 2012

Artículo de Julia Bautista que no saldrá en el Libro de fiestas



nota aclaratoria de Julia Bautista Pérez.

DEL PUEBLO Y PARA EL PUEBLO

        Como cada año, todos esperamos con ilusión la llegada de nuestras fiestas, con todo su contenido, con mas o menos alegría, pero siempre con ilusión. Pues bien, dos meses antes de una fecha tan señalada para los bailenenses, el Ayuntamiento nos remite una invitación por escrito para que escribamos, con tema libre, pero con algunas limitaciones en cuanto al numero de folios y de fotografías que respetamos al máximo. Y empiezas a escribir con ilusión, recordando cosas desde que era una niña hasta ahora, algunas gratificantes, aunque algunas veces los recuerdos te hacen daño; ya llevo muchos años recordando, concretamente 13 con este, y no es fácil rebuscar. Son muchas las emociones, las lágrimas y las alegrías que esto conlleva; porque escribir es reflejar todo aquello que ya existía pero de lo que nadie habla, y una vez hecho, no te deja indiferente. Pero una vez ordenadas las ideas, plasmadas en el escrito, buscadas las imágenes que podían ilustrarlo y entregado al ayuntamiento el 20 de mayo, recibo una noticia que me desconcierta por completo. Nadie se esperaba que los dirigentes del pueblo, un mes antes de nuestras fiestas decidieran que en el programa había que reducir la extensión de los escritos. ¿Cómo dejo en un folio los cuatro escritos inicialmente? ¿Qué ideas, recuerdos o imágenes dejo fuera? ¿De qué me ha servido el trabajo realizado para compartir mis recuerdos? ¿Porque no trasladaron desde un principio la necesidad de ahorrar ahí y comunicaron la extensión que podía contar? No había otro sitio donde recortar, sino en lo mas insignificante y, a la vez, tan grande por esperado y edificante, como es nuestro programa de fiestas; todo el mundo lo ansía con impaciencia, todos deseamos que salga cuanto antes. Pues bien, nuestros políticos no han pensado en lo orgullosos que estábamos de tan hermoso programa, admiración de todos los pueblos de alrededor, y orgullo de nuestro pueblo,  pues no había otro igual. Y no se ha tenido en cuenta que es una obra hecha por personas del pueblo y para el pueblo, con hechos históricos que entre todos aportamos de él, con respeto y sin duda sin ningún tipo de carácter político.

                Para quien pueda interesar, el titulo de este año era "El sentir de mi tierra", que ahora el que quiera lo puede disfrutar gracias al espacio cedido por Paco Antonio.
                                              
Julia Bautista Pérez 


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(ANEXO A LIBRO DE FIESTAS 2012)

EL SENTIR DE MI TIERRA
(de Julia Bautista Pérez) 



Hablo del Bailén de mi tiempo, rescatando de la memoria imágenes que han dibujado mi día a día. Esas cosas que he visto y sentido, y que, de pronto, renacen eternas en mi corazón. En las tardes de la juventud, casi de noche, hay un olor azul que no sabemos si viene de esperanzas o recuerdos.

Recordando las pequeñas grandes cosas que iluminan nuestra vida hacemos grande una historia, un paisaje, un querer…

El mundo ha cambiado, y como no podía ser de otra forma, también nuestro pueblo. Arrastrar la memoria es arrastrar la vida. Somos conservadores, pero no debemos olvidar que vivir de lo vivido es como beber agua estancada; ni tampoco que lozano es lo que fluye, se regenera y cambia. Lo importante es vivir en el presente sin dejar atrás nuestro pasado.

Fotografía aérea de Bailén, vuelo americano 1956-57 (1)

Siento que escribir es descubrir cosas que ya existían y de las que nadie habla. Y que con mis recuerdos cobran vida y forma mis pensamientos. Lo que recuerdo es nuestro pueblo mucho más reducido, empezando por la ermita de la Limpia y Pura, como parte del Camino Real por donde pasaban las diligencias y, poco después, los primeros “coches sin caballos” que creaban expectación en el pueblo, según me contaba mi padre. Bajando por la calle El Santo llegábamos hasta el Paseo. Calle Real arriba (alta y baja, como era conocida por los antiguos), alcanzábamos la Plazoleta del Correo, siguiendo por la llamada antiguamente como calle Falange, ahora Doctor Fleming, hasta encontrar el Portazgo y terminando en la calle Madrid, que daba salida a la carretera en dirección a la capital de España.

El aumento del transporte de mercancías y viajeros hizo necesaria la construcción de la primera circunvalación por las calles Sevilla y Moredal. En este nuevo trazado, antes de salir a la carretera general, estaba “La Barra” en la esquina de la calle Madrid, un establecimiento regentado por Federico Capilla como bar de comidas y camas, como se les conocía entonces. En el mismo Portazgo se encontraba la posada de San José, que también tenía espacio para los animales y carruajes que llevaban los huéspedes como medio de transporte, y desde ahí hasta el vivero y las palmeras había multitud de ellas, junto a bares y tabernas como el Trascacho, el Majuelo, el Casino, el Sombrerero o el Imperial. Cuatro Caminos o el Hostal cerca del Parador Nacional eran algunos de los hoteles de la ciudad. Si en ese momento recorríamos el pueblo, todo él era empedrado para facilitar el tránsito de animales y carruajes.

Todo el mundo se echaba a las calles desde el amanecer para realizar sus ventas, que no eran pocas. Los cacharreros con sus orzas, lebrillos, macetas para los rosales y otras más pequeñas para los claveles granates; y también los cacharros de porcelana, que los encontrábamos en cestas muy grandes. Los vendedores de miel y meloja que llegaban con sus mulos, con pellejas para la miel y cántaras para la meloja, que pesaban en las antiguas romanas, tras lo que la echaban en los recipientes que los propios compradores sacaban de las casas.

Era una estampa bonita, con la gran actividad que tenía el pueblo. El ir y venir de la gente acarreando el agua en cántaros, que portaban apoyados en las caderas, que traían desde las muchas fuentes que había en Bailén. Agua que se utilizaba únicamente para beber y las comidas, puesto que para el resto de los quehaceres cotidianos se sacaba de los pozos que tenían todas las casas por aquellos entonces. En el caso de la que procedía de la Fuente Agria, que decían que era medicinal, se cambiaban las botellas llenas por las vacías a diario.

Las sastras, que era como que se llamaban a las modistas para caballero, iban todos los días a coser al local de Lorenzo (donde ahora se encuentra Unicaja) y a otros muchos, como Paquito “el sastre”, el de Marquina o el de Calvillo, debido a que en aquella época no se vendía nada confeccionado. Todo lo hacían las modistas o cada uno en su casa, desde la ropa de abrigo a la interior o de punto. Y las mozas nos hacíamos los ajuares de casamiento, que bordábamos en los talleres que había. Trabajábamos los encajes de bolillos, hacíamos las mantelerías, las vainicas o las puntas de festón. Mucha variedad y muchas modalidades de labores y bordados, que incluso en el colegio de las monjas, ya de mayores, nos enseñaban.

Por este motivo había muchos comercios de telas, como Tejidos Jam y otras que se vendían en cestas por las calles, junto a las puntillas que medían con una vara de madera de medio metro, como las que traía el conocido popularmente como “Telicas buenas”. Y poco a poco llegó la confección a tiendas como la de Pérez Regadera, Antonio Martínez, los Sáez, Rosita Aguilar, Tejidos Marín, Sabiote, Luis García, Tomasito Romero, Alcalá y Larios. Pero todavía tuvieron que pasar años hasta que se pudo comprar todo hecho; y aún así, muchas continuamos con la vieja usanza.



Y así un sinfín de ventas ambulantes, como “Juanico el Tortero”, que iba pregonando sus tortas todos los días; Aurelia con los barquillos de canela, ¡qué ricos  estaban!; el que traía paloduz en un haz y cortaba los trozos según quería cada uno, o el del cañaduz; aquel que con su cesta al brazo cambiaba dos tazas de garbanzos crudos por una de tostados; el de los espárragos; los de las bogas de río, que mi madre ponía en adobo y a mí me encantaban; los de las ancas de rana; los del picón para el brasero, que se mezclaba con la piconilla de La Margarina para que durara más (a cuatro pesetas el saco grande, como consta en la imagen que se adjunta); los del carbón para las cocinas de barro o de obra, o en las chimeneas con unas estrébedes y leña; los lecheros a las casas todos los días con sus cántaras y medidas, recién ordeñada la leche, o los churros al pregón “¡Que van calientes, que van quemando!”. O los que asaban las castañas llegado el otoño en la esquina del Paseo, una imagen que todavía existe en muchos pueblos y ciudades, pero que aquí se ha perdido.

Fábrica de La Margarina

A los hogares llegaba todos los días el periódico, que costaba dos reales, y para los animales íbamos a la tienda de Chóscar, en la calle El Puente, a por el trigo, la cebada, la sémola o el moyuelo de las gallinas. También podíamos comprar todos los días huevos frescos de las casas; incluso las propias gallinas y conejos para las comidas.

Mucha más vida que ahora tenía el mercado, donde podíamos encontrar infinidad de verduras y hortalizas, cargas de uvas, ciruelas muy pequeñas y dulces del río, junto con peras y manzanas recién cogidas. De las huertas traían los tomates, o las naranjas de lima o fuertes, como las conocíamos. Junto al pescado, muy fresco, y la carne.

Y los jóvenes nos paseábamos por la calle Real, arriba y abajo. En el Paseo la gente daba vueltas en dos filas encontradas, cada una hacia un lado. Y por las calles, además de la actividad comercial, los que iban a misa, los que en grupo, como en procesión, iban a dar el santolio a algún enfermo, o los misioneros que desde el amanecer cantaban por las calles, y a los que a su despedida entonábamos: “Padre misionero, no se vaya usted, que chicos y grandes, lloran por usted”. Sin olvidar al pregonero, que desde las esquinas decía: “De orden del señor alcalde, se hace saber…”. Así informaba de todas aquellas cosas de interés que querían hacer llegar a los vecinos, que por entonces no tenían apenas radios ni teles. Los primeros aparatos que llegaron los trajo Serafín Alcalá.

Por entonces nos encontrábamos estancos como el de Merino en la Plazoleta del Correo, el de Aurora Calzada en el pasaje Virgen de Zocueca, el de Rosa, en la Plaza del Ayuntamiento, o el de Morales, en la calle San Antonio. Y farmacias, desde Blas, Guillén y Suardíaz.

Así, las calles eran una feria, en el día a día, por el tránsito de sus gentes, como el niño Pepe, con sus chucherías, como pipas, avellanas y caramelos en puricos de colores, Paca “la cerecera”, con su carro de chuches en la esquina de la viuda Serrano durante todo el día, o Carmencilla en el Paseo. También venían camiones con cobertores, y los vendían en lotes y como si fuera una subasta. Con especial cariño recuerdo el coche del correo, que paraba en la esquina de la plazoleta con calle El Puente. Allí mismo vendían los billetes, daba la vuelta a la plaza y volvía otra vez en dirección a Linares.

Coche del correo

Los artículos no tenían una vida tan corta como ahora, por lo que se arreglaban desde paraguas hasta somieres o sartenes y ollas con estaño por las calles o en ferreterías como la de Pinalla. Todo era un tránsito de gentes, un ir y venir de tiendas, que eran muchas. Entre ellas, había de calzado de vestir, como la de Gabriel Sánchez, y para el trabajo, los zapateros se encargaban de hacer las sandalias y botas del campo, o de poner las tapas y medias-suelas a los zapatos. También a diario iban por el Casino los limpiabotas, que dejaban el calzado reluciente, como nuevo.

Otras eran pequeñas, de alimentación y fruta, donde podías encontrar desde galletas, especias, legumbres a granel, azúcar y sal en terrones o molidas, todo al peso y en papel de estraza. Un ejemplo, las del Rumblar o los Rusillicos, la de Descalzo o la de Manuel Cano, que continúan sus nietas. También en los Hernández daban al peso las bolas de alcanfor para los armarios. Incluso en las droguerías, al comprar la colonia o el pintauñas llevábamos los botes que guardábamos en casa. Recipientes que teníamos que coger también para comprar agujetas o atún… la carne de membrillo se vendía por trozos, y como esto casi todo, ya que apenas había nada envasado.

Otro recuerdo también es el de los que venían con quesos de La Mancha, que se distinguían por los blusones grises con vuelo que vestían, y que iban de casa en casa. Otros vendían aceitunas arregladas por la familia. Los higos se secaban al sol, se hervían en las chimeneas, se escardaban: unos se compraban enharinados y con otros se hacía el pan de higo, adornado con almendras.

Un ir y venir de gente que no cesaba al anochecer, puesto que en  los cines echaban dos funciones diarias, y los domingos tres con el matiné. Y es que había muchos cines, como ya recordé en 2001, en este mismo programa, con “Levantamos el telón del pasado”. Eso sin olvidar al sereno, que rondaba por las calles durante toda la noche, por lo que el farol y su chuzo no le faltaban para alumbrar su camino. “Las doce y sereno”, era lo que decía, tras lo que nos informaba si estaba nublado, raso o había luna llena.
          
         Otro de los episodios que no podemos olvidar son las tradicionales matanzas, para la que, los que podían, criaban un cerdo que veía su fin por San Antón. Así se obtenían productos de los que familias enteras se abastecían durante todo el año, como los chorizos y morcillas, el tocino, los jamones y paletillas que salaban en arcones o la carne que se adobaba y se conservaba en orzas. Capítulo aparte merece la manteca, que se utilizaba para hacer los mantecados manchegos o del país, o las pastas de Navidad en los hornos. Locales que también se llenaban de gente que preparaba sus propias magdalenas, roscos de aguardiente, galletas, hornazos y tortas durante la Semana Santa. Todo muy natural.
        
         Para los Santos, en las casas hacíamos pestiños, los gusanillos de caña, las flores de molde de hierro, las torrijas, las torticas de masa con azúcar y todo aquello que haya dejado atrás mi memoria. Productos caseros, y es que todo era distinto. Los picatostes para el desayuno y las migas, que tienen mucho alimento, se hacían casi a diario. Y tantas otras cosas de las que podía hablar, o que ya he recordado en artículos anteriores.

            Tal vez, por el lugar que ocupa la historia de nuestra tierra, sea necesario realzar nuestras tradiciones y los valores que se respiran en nuestras calles. El futuro nos tortura y el pasado nos encadena, he ahí porque se nos escapa el presente.

Es el símbolo de los tiempos.

                                                                                                JULIA BAUTISTA PÉREZ